"Creo que en términos generales el
proceso de privatización de los servicios de agua y saneamiento que
tuvo su mayor impulso en la década de 1990 puede considerarse un
fracaso, tanto desde el punto de vista de las políticas oficiales que
promovieron este proceso como de los intereses de las grandes
multinacionales del agua que participaron en el mismo..."
José Esteban Castro, editor de Water and Sanitation Services, dió una entrevista a la revista Brasileña VeraCidade sobre el proceso de mercantilización del agua en perspectiva histórica. Se la puede leer abajo.
Apuntes sobre el Proceso de Mercantilización del Agua: un Examen de la Privatización en Perspectiva Histórica
Revista VeraCidade - ¿Cuál es el significado de los procesos de
conversión de los bienes de la naturaleza como el agua en mercancías?
¿Qué tipo de transformaciones implica estos procesos a nivel de las
relaciones sociales? ¿qué proyectos de sociedad dan sustentación a
dicho proceso de mercantilización?
Esteban Castro - El proceso de mercantilización de los elementos de la
naturaleza y de las relaciones sociales es la característica central de
la expansión y consolidación de formas capitalistas de organización
social, un proceso de muy largo plazo y que a pesar de su avance
arrollador a nivel global también tiene tropiezos e incluso retrocesos.
El caso del agua presenta un ejemplo muy interesante, bastante claro
también, de esta complejidad que caracteriza al proceso de
mercantilización, en perspectiva histórica. Una pequeña aclaración:
hablamos de mercantilización, lo cual no debe confundirse con la
aplicación de principios económicos, como la asignación de precios a la
gestión del agua, algo que muchas veces no se distingue en estas
discusiones. Mercantilización, en este contexto, hace referencia a la
circulación del agua como un bien privado cuyo valor de cambio incluye
una ganancia que es apropiada por un agente privado quien detenta el
derecho de propiedad. El ejemplo más notable contemporáneamente lo
constituye el agua embotellada o envasada, que con muy pocas
excepciones (como puede ser el caso de una empresa pública que produzca
agua envasada pero no con un objetivo mercantil; recuerdo por ejemplo
que la DMAE en Porto Alegre hacía esto), circula precisamente como una
mercancía “producida” por empresas privadas.
Por una parte, y particularmente a partir de fines del siglo XVIII,
algunos usos del agua, como por ejemplo el agua distribuida para uso
doméstico en los barrios pudientes de ciudades europeas como Londres,
toman crecientemente la forma de un bien suministrado por un agente
privado que presta el servicio de recolección y distribución del agua
en base a principios mercantiles: el agua distribuida por estas
empresas es sólo para quien puede pagar el servicio, que en
consecuencia asume el carácter de bien privado. Por supuesto, uno puede
encontrar en la historia muchos ejemplos previos en los que ciertos
usos del agua estaban sujetos a un tratamiento similar, pero a partir
de fines del siglo XVIII tenemos un salto de carácter cualitativo y
cuantitativo en relación a la mercantilización del agua, y no sólo en
relación al uso doméstico que he dado aquí solamente como ejemplo. Un
autor que ha registrado este proceso con bastante claridad es
Jean-Pierre Goubert (The Conquest of Water. The Advent of Health in the
Industrial Age, Cambridge y Oxford: Polity Press y Basil Blackwell,
1986). Sin embargo, y por otra parte, este proceso de mercantilización
ha enfrentado obstáculos poderosos de tal modo que, incluso a comienzos
del siglo XXI, una proporción substancial de los usos del agua a nivel
global continúa siendo no mercantil, al menos no directamente. Es
decir, aunque el agua entre como componente en un gran número de
procesos de mercantilización, por ejemplo en los productos de
agricultura de exportación o en otros productos de alto consumo de
agua, la organización de la gestión de este elemento y su
transformación en un recurso productivo sigue siendo en gran medida un
proceso no mercantil, no sujeto, o sujeto muy parcialmente, a las leyes
del mercado. De hecho, en muchos lugares las empresas productoras ni
siquiera pagan por extraer el agua de las fuentes o pagan precios que
no reflejan su valor y en muchos casos la propia extracción del agua no
está controlada ni regulada. Este problema es objeto de un largo debate
a nivel internacional, y algunos sectores proponen que la solución a
este problema se lograría mediante gestionar el agua como un bien
económico, a través del mercado, por ejemplo creando mercados fundados
en derechos privados de extracción de agua que puedan ser
intercambiados como cualquier otra mercancía. Sin embargo, en la mayor
parte de los casos estos intentos de mercantilizar la gestión de las
fuentes de agua sigue tropezando con enormes obstáculos y en general
han fracasado, como lo demostró elocuentemente Carl Bauer para el caso
chileno, un caso que se ha presentado a nivel internacional como un
supuesto ejemplo exitoso de mercantilización eficiente de las fuentes
de agua (Bauer, C., 2004, Siren Song: Chilean Water Law as a Model for
International Reform. Washington DC: Resources for the Future Press).
Si bien es verdad que en ciertos usos del agua, claramente en la mayor
parte de los casos de agua envasada como decía antes, el proceso de
mercantilización se ha extendido notablemente y ha alcanzado incluso
cierto grado de sofisticación, en muchos otros aspectos el agua sigue
presentando enormes obstáculos al avance del proceso de
mercantilización. Un ejemplo concreto son los servicios de agua y
saneamiento, particularmente en zonas urbanas, los cuales
históricamente han presentado obstáculos formidables al avance de las
formas mercantiles de organización y provisión. Por ejemplo, en países
como Estados Unidos, indudablemente uno de los centros mundiales de
irradiación del capitalismo, cerca del 85 por ciento de la población
recibe sus servicios esenciales de agua y saneamiento a través de
empresas públicas, y estudios recientes señalan que las probabilidades
de que estos servicios sean privatizados en el futuro cercano son
mínimas. En realidad, a escala global se estima que sólo un 10-15 por
ciento de la población mundial recibe sus servicios esenciales de agua
de empresas privadas, aunque este dato seguramente no contempla el caso
del agua envasada, especialmente en los países menos desarrollados.
Esto por supuesto ha sido explicado hace ya tiempo con el argumento de
que la provisión no mercantil de ciertos bienes y servicios esenciales
como los de agua y saneamiento en última instancia es instrumental para
garantizar la viabilidad de la acumulación capitalista a nivel
sistémico, ya que contribuye a la provisión de infraestructura que por
su demanda de inversión o su baja tasa de retorno no es viable como
actividad rentable para los capitalistas individuales, y porque a su
vez contribuye a reducir el costo de la reproducción de la fuerza de
trabajo a nivel general (véase, entre otros, M Decaillot, E.
Preteceille, y J. P. Terrail (eds.), Besoins et mode de production,
Paris: Editions Sociales, 1977; M. Castells, Equipements collectifs et
consommation sociale, International Journal of Urban and Regional
Research, v. 1, p.101-23, 1977; J. Lojkine, El Marxismo, el Estado y la
Cuestión Urbana. México: Siglo XXI, 1979). Es decir, aunque la
tendencia general del sistema sea hacia la mercantilización creciente
de los elementos de la naturaleza, incluyendo el agua, todavía
subsisten enormes obstáculos a dicho proceso, y precisamente el caso
del agua es un excelente ejemplo.
Por otra parte, un primer llamado de atención que debemos hacer a
partir de los datos anteriores es que, por una parte, no todas las
formas privadas de provisión de servicios de agua son mercantiles, es
decir orientadas a la acumulación de ganancia en un sentido
capitalista. Hay formas privadas, en el sentido de que no son
organizadas por el estado, que están orientadas a prestar el servicio
sin objeto de lucro, como ocurre con ciertas formas cooperativas u
otros modelos no público-estatales. Por otra parte, que estos servicios
sean organizados por el estado no garantiza que los mismos sean
provistos como un servicio público no mercantilizado, y en realidad
existe una tendencia creciente a la mercantilización de las formas
público-estatales de organización de estos servicios, por ejemplo
mediante distintas formas de privatización parcial de las empresas
públicas a través de la venta de acciones en el mercado de capitales,
como ocurre en Brasil con las empresas SABESP en Sao Paulo y COPASA en
Minas Gerais. Es decir, no existe una relación mecánica entre
“público-estatal” y “no mercantil” o viceversa, sino que se trata de un
proceso dinámico y en expansión, que va adoptando formas diversas en
distintos espacios concretos. Lo que sí es posible decir es que a nivel
global, a pesar del avance arrollador de las formas capitalistas, el
caso del agua sigue siendo todavía una frontera difícil de conquistar y
subordinar a la dinámica directamente mercantil.
Revista VeraCidade - En la Inglaterra de mediados del siglo XIX, en
plena efervescencia industrial, surge una nueva identidad social, la de
los ladrones de agua. ¿Cuál es el significado histórico de ese hecho
social?
Esteban Castro - Este fue un momento muy interesante en el que
precisamente se estaban desarrollando los servicios básicos de agua en
red en las grandes ciudades sobre la premisa de que los mismos debían
ser prestados por empresas privadas orientadas a la ganancia. En
realidad, en general se trataba de empresas pequeñas, que sólo servían
a los barrios más pudientes de las ciudades en los que los habitantes
podían pagar el costo del servicio. Este desarrollo ha sido bien
estudiado por varios autores, entre otros el historiador J Hassan (A
History of Water in Modern England and Wales. Manchester: Manchester
University Press, 1998; ver también A. K. Mukhopadhyay, The politics of
London water, The London Journal, 1(2), pgs. 207–226, 1975). Ahora
bien, este proceso representaba en realidad un experimento, podríamos
decir en un lenguaje más contemporáneo, un experimento de ingeniería
social, porque la puesta en marcha y expansión de este modelo
privatista de organización y provisión de los servicios básicos de agua
exigía la creación de una nueva identidad social: el cliente del agua,
el comprador de la mercancía agua. Esto no existía, o por lo menos no
existía a la escala requerida por el experimento. Esta creación del
consumidor privado de agua en Inglaterra también está siendo estudiada
en detalle, por ejemplo por F Trentmann y V Taylor (F Trentmann
(editor), The Making of the Consumer. Knowledge, Power, and Identity in
the Modern World, Oxford y Nueva York: Berg, 2006). Ahora bien, dicho
experimento social no ocurre en el vacío sino que tiene lugar en un
contexto donde previamente el acceso al agua no esta mediado por esta
nueva relación social que se intenta introducir, la propiedad privada
del servicio de agua orientada a la ganancia capitalista. Entonces,
juntamente con la introducción de la privatización del acceso al agua
para consumo humano se debe introducir también una política, como diría
Foucault, de disciplinamiento de los cuerpos para crear un nuevo
ordenamiento que propicie el desarrollo de las relaciones sociales
mercantiles en relación al acceso al agua. Esto es así porque se
requiere crear una situación nueva en la que las personas para consumir
agua ahora deben primero firmar un contrato con una empresa privada y
pagar por el suministro. Ahora bien, sea por ignorancia de las nuevas
reglas de juego por una parte de la población o por un rechazo
consciente de la privatización del agua, algunos sectores se resisten e
intentan continuar accediendo al agua sin tener que pagar por ella a
las empresas privadas. La respuesta en el primer momento fue la
creación de un nuevo crimen, el robo de agua y, correspondientemente,
una nueva identidad social, el ladrón de agua. Es decir, las personas
que deseaban continuar accediendo al agua a partir de alguna fuente
ahora controlada por la empresa privada eran llevadas ante la justicia
como ladrones de agua, un hecho que está suficientemente documentado
como lo ha estudiado en cierto nivel de detalle el historiador
anarquista Colin Ward (Reflected in Water. A Crisis of Social
Responsibility. Londres y Washington, DC: Cassell, 1997). En realidad,
esta política fracasa en el mediano plazo porque las condiciones para
convertir a los servicios básicos de agua en una mercancía no estaban
dadas, y aún hacia fines del siglo diecinueve incluso en Londres las
empresas privadas de agua sólo servían a ciertos barrios de la ciudad y
no podían responder a la demanda creciente de servicios que imponía el
crecimiento urbano del momento y la elevación de los estándares de vida
que requerían un consumo de agua per cápita cada vez más elevado y de
mayor calidad. Es decir, podemos argumentar que la expansión de formas
mercantiles de circulación del agua para consumo doméstico urbano no
pudo avanzar porque las formas sociales requeridas, particularmente la
del consumidor privado de agua, estaban limitadas a una pequeña elite
urbana que podía pagar por dichos servicios mercantilizados. La gran
mayoría de la población quedaba afuera del modelo. En el caso de otros
bienes o servicios esto no habría
sido un obstáculo, pero en el contexto de las ciudades europeas del
siglo XIX, afectadas rutinariamente por epidemias relacionadas con el
agua, y particularmente el cólera, la provisión de estos servicios se
convirtió en una cuestión estratégica y política central. En
consecuencia, hacia fines del siglo diecinueve la experiencia acumulada
había llevado a un debate político que tras varias décadas terminó por
generar un consenso muy abarcador, que atraviesa a las clases sociales
y a los distintos partidos y fuerzas políticas y que incluye a
destacados sectores empresariales, de que servicios esenciales como el
agua y el saneamiento no podían dejarse en manos del mercado ni
organizarse como mercancías, y que se requería una intervención estatal
directa para garantizar su suministro. En la ciudad de Londres, por
ejemplo, esto lleva en 1902 a la decisión de terminar con las ocho
empresas privadas de agua que servían la ciudad y crear una empresa
pública controlada por las autoridades metropolitanas (Metropolitan
Water Board, The Water Supply of London, Londres: Staples Press, 1949).
Revista VeraCidade - Tradicionalmente, sobretodo en las sociedades
pre-capitalistas (que actualmente se tiende a calificar como sociedades
tradicionales), se desarrollaron una serie de mecanismos de regulación
colectiva del acceso a los bienes universales de interés común, como
por ejemplo el agua. Como usted mismo relata, el zir (una vasija de
cerámica utilizada para brindar agua gratuita a los caminantes
sedientos en las ciudades islámicas) es un ejemplo extraordinario del
significado del agua como bien de acceso universal y refleja un
determinado tipo de relaciones sociales mediadas por el agua, de tipo
no mercantil. ¿En qué medida estas formas universalistas, no
mercantiles, de relaciones sociales mediadas por el agua están siendo
transformadas por las formas de regulación social del agua introducidas
por las reformas neoliberales a partir de la década de 1980?
Esteban Castro - Creo que el caso del agua, particularmente en relación
a los usos humanos esenciales, constituye un caso excelente para
explorar las formas sociales desarrolladas para gestionar los bienes
comunes universales. Podemos decir que el principio de que el acceso al
agua para usos esenciales no puede ser coartado, limitado, constituye
una herencia universal de la humanidad. Por ejemplo, en la tradición
islámica estaba permitido vender agua, y aún hoy en las calles de los
barrios islámicos de ciudades como El Cairo es posible ver vendedores
de agua, sin embargo no se podía negar agua a quien la necesitaba y no
la podía pagar. Más aún, en la cultura universal tenemos diferentes
formas en las que el acceso a volúmenes esenciales de agua para beber
es parte de las reglas de cortesía y sociabilidad, como lo ilustra el
caso del zir que usted menciona (ver foto más abajo), que consiste
precisamente en un recipiente de agua que los vecinos en los barrios
islámicos de El Cairo dejan afuera de sus casas como una atención al
caminante sediento. En la tradición iberoamericana estos principios
están reflejados en el dicho popular de que “un vaso de agua no se le
puede negar a nadie”. Esto también se refleja en la legislación, donde
los usos humanos esenciales y la provisión de agua para los animales
constituyen usos “prioritarios”, particularmente en temporadas de
sequía. Podríamos desde ya dar otros ejemplos. No se trata de
romantizar la gestión del agua en la historia, la cual también ha sido
objeto de matanzas y crueldades, pero estamos aquí destacando esos
principios éticos desarrollados de una forma u otra en las diversas
civilizaciones y que confluyen en esta noción de que el agua para usos
esenciales es un bien de acceso universal.
Ahora bien, como dijimos previamente, el avance de formas capitalistas
de apropiación y gestión del agua implica la introducción de un
universo diferente de relaciones sociales (de propiedad, de producción,
etc.) fundadas en una lógica orientada a la acumulación privada de
ganancia y consecuentemente a la mercantilización de la gestión y
circulación del agua. Como ya dijimos antes, este es un proceso lento,
incompleto, con fuertes retrocesos como el que ilustramos previamente
para el caso de Inglaterra en el siglo XIX, pero además cabe agregar
que la persistencia de formas de propiedad y gestión común del agua no
es necesariamente incompatible con el desarrollo de relaciones
capitalistas a nivel sistémico. Es decir, el mantenimiento de formas
comunes, no privadas, de propiedad y gestión del agua no solo puede
coexistir con el capitalismo sino que además puede ser instrumental
para su desarrollo, por ejemplo abaratando los costos de la fuerza de
trabajo o de la infraestructura en general para los intereses
capitalistas a nivel sistémico. Por supuesto, en algún momento estas
formas entran en contradicción, y las formas capitalistas tienden a
avanzar sobre estas formas pre-existentes. Para algunos, sólo es
cuestión de tiempo antes de que las formas pre-capitalistas sean
superadas. Por ejemplo, el Premio Nobel de economía Douglas North, uno
de los clásicos de la economía institucionalista, arguyó que si todavía
existen bienes comunes como el agua, los bosques y otros elementos de
la naturaleza, es porque aún no se han desarrollado las tecnologías que
permitan reducir los costos involucrados en gestionar esos bienes como
propiedad privada (North, D. C., y R. P. Thomas, The Rise of the
Western World, Cambridge: Cambridge University Press, 1973).
Sin embargo, podemos ver que la política neoliberal del agua, en gran
medida inspirada en los principios de la economía neoclásica de la cual
North forma parte, ha fracasado notablemente en su intento de completar
este proceso de privatización de los bienes comunes en un breve plazo.
En realidad, podemos decir que las formas sociales de apropiación y
gestión del agua no capitalistas están muy arraigadas, en diferentes
formas en las diferentes culturas, y esto aunado a una constelación de
otros procesos sigue constituyendo uno de los obstáculos que continúa
frenando el avance de las relaciones capitalistas en la propiedad y
gestión del agua.
Revista VeraCidade - Las formas actuales de regulación del agua se
fundamentan en un discurso que promueve la gobernabilidad democrática,
especialmente la incorporación de los usuarios y los representantes de
la sociedad civil en el proceso de gestión. ¿Cómo evalúa Ud. la
estrategia discursiva de dichas políticas? Y, ¿cuál es la relación
entre estas nuevas formas de regulación del agua y los instrumentos
tradicionales de “comando y control” que han marcado la gestión del
agua a nivel internacional desde comienzos del siglo XX?
Esteban Castro - Aquí ya pasamos a otro tema y también a una dimensión
temporal más circunscrita al momento actual. En realidad, yo diría que
las formas actuales de regulación del agua que se promueven a nivel
internacional reflejan la intensidad de la confrontación entre formas
capitalistas y no capitalistas, así como también la contradicción al
interior de las formas capitalistas. Por lo tanto, debemos distinguir
entre la retórica de la participación democrática en la gobernabilidad
del agua, tal como se refleja en documentos de las agencias de
desarrollo internacional o de los gobiernos, y las formas concretas de
construcción de una participación democrática en relación al agua. Si
nos mantenemos en el plano de las estrategias discursivas de las
políticas oficiales, podemos decir que por una parte el cambio retórico
es bienvenido ya que al menos refleja un reconocimiento formal de la
necesidad de democratizar la gobernabilidad del agua, que
históricamente ha sido objeto de procesos verticales, muchas veces
francamente autoritarios, otras veces cuando menos no democráticos. Por
otra parte, es claro que las estrategias discursivas en muchos casos
simplemente constituyen un mecanismo para desactivar la resistencia a
las políticas oficiales (por ejemplo la resistencia a la construcción
de grandes obras hidráulicas o a la privatización) y posibilitar la
cooptación de los agentes de esa resistencia. En ese sentido, no se
trata de ningún proceso original. Sin embargo, sería un error reducir
el debate sobre la participación y la gobernabilidad democrática del
agua a la capacidad estratégica del sistema para desmontar y cooptar
resistencias. Hoy asistimos a una enorme variedad de luchas sociales en
relación al agua a nivel internacional, una gran parte de las cuales
tiene que ver directamente con la resistencia contra el avance de
formas de injusticia social que incrementan la desigualdad y la
pobreza. Los movimientos de resistencia distinguen bastante bien la
diferencia entre la retórica discursiva de la participación y la
práctica democrática, aunque desde luego muchos de ellos sean
finalmente desactivados, cooptados o directamente vencidos. Pero a
nivel sistémico la resistencia es muy fuerte y sostenida. Para dar un
ejemplo, en el último Foro Mundial del Agua que tuvo lugar en México en
marzo de 2006, un evento que en teoría constituía el bastión de las
multinacionales del agua en contubernio con el Banco Mundial y otros
actores que promueven la privatización del agua a nivel global, la
formas de resistencia contra dichas políticas e instituciones
desbordaron ampliamente el proceso a pesar de los intentos (muchos de
ellos exitosos) de manipulación, desactivación y cooptación de la
resistencia. De hecho, además del foro “oficial” se organizaron también
cinco foros “alternativos” simultáneos, al mismo tiempo que dentro del
propio foro oficial se abrieron amplios espacios para el debate y la
profundización de la lucha contra la privatización y a favor de la
gestión pública y comunitaria del agua.
Ahora bien, volviendo al tema de la política oficial y de la diferencia
entre las formas actuales y las formas clásicas de comando y control.
Yo creo que es posible identificar avances positivos. Tradicionalmente,
la gestión de bienes y servicios como los relacionados con el agua era
considerada una cosa de expertos, “déjelo a los expertos”, como bien lo
decía John Dryzek (Dryzek, J. The Politics of the Earth. Environmental
Discourses. Oxford: Oxford University Press, 1997). Este modelo
jerárquico y en gran medida autoritario, como bien lo saben ustedes en
Brasil a partir de la gestión de las empresas estaduales por parte de
la dictadura militar, comienza a ser muy cuestionado, especialmente a
partir de fines de la década de 1970, crecientemente. Uno puede seguir
el debate y constatar especialmente dos frentes de ataque al modelo
vertical, jerárquico, de gestión del agua (pero también de la provisión
de bienes y servicios públicos en general). Estos dos frentes no son
mutuamente excluyentes, y en realidad tienen algunos puntos importantes
de contacto y convergencia, pero en principio tienen puntos de partida
distintos.
El primer frente de ataque proviene del modelo que gruesamente
denominamos “neoliberal”, es decir, que promueve el desmantelamiento de
la gestión pública de bienes y servicios y su transferencia a empresas
privadas, que bien conocemos y no necesitamos detenernos a desarrollar
aquí. En realidad, como lo sugieren las diversas investigaciones
realizadas sobre el concepto de participación que promueven estos
sectores, representados por ejemplo en la política oficial del Banco
Mundial (ver entre otros los resultados del Proyecto PRINWASS, http://www.prinwass.org/),
“participación” en la práctica significa obediencia a decisiones
tomadas por los expertos, en particular expertos técnico-financieros,
que en gran medida han desplazado a los expertos que clásicamente
detentaban el poder en el sector del agua, los ingenieros. En última
instancia, puede decirse que el modelo neoliberal promueve sí una mayor
participación de los actores no estatales en la gobernabilidad y
gestión del agua, pero lo hace privilegiando la participación de los
actores que representan los intereses capitalistas monopólicos, como
queda abiertamente claro en el caso de la privatización de los
servicios de agua y saneamiento, un espacio en el que los principales
actores a nivel global se reducen a un puñado de monopolios de agua
privados transnacionales. En el modelo neoliberal la participación para
los usuarios comunes del agua y para los ciudadanos en general es
meramente retórica. Un dato que nos permite fundamentar esta aserción
es el hecho de que durante la década de 1990, en el momento de
expansión agresiva de la política neoliberal del agua mediante el
intento de privatización masiva de empresas públicas, el rol destinado
ya no a los usuarios si no inclusive a los organismos reguladores era
meramente retórico. Muy claramente, se intentó establecer una política
del agua centrada en la apropiación privada de la ganancia en forma no
regulada o muy débilmente regulada, sin posibilidad de control social
democrático del proceso. Los ejemplos más claros de este proceso son
probablemente las privatizaciones de empresas públicas de agua en
Argentina y en Bolivia, pero no son las únicas y los ejemplos se
multiplican a medida que se van realizando más investigaciones.
Por otra parte, y pasando a lo que denominamos el segundo frente de
ataque al modelo autoritario y vertical de gobernabilidad del agua,
podemos decir que se ha ido conformando a nivel internacional un
movimiento de lucha que a pesar de su gran heterogeneidad tiene
claramente una direccionalidad: se trata de una participación concreta
de sectores diversos de la sociedad en confrontación con las formas
excluyentes que han caracterizado la gestión del agua. Por una parte,
este frente de ataque tiene una corriente más de tipo ecologista, que a
su vez tiene distintas subcorrientes tal como ya lo analizara
Martínez-Alier en relación al movimiento ambientalista en general
(Martínez-Alier, J., The Environmentalism of the Poor. A Study of
Ecological Conflicts and Valuation. Cheltenham y Northampton: Edward
Elgar, 2002). Dentro de esta vertiente ecologista existen posiciones
que convergen y se refuerzan mutuamente con el frente de ataque
neoliberal, como son aquellas que propugnan la privatización del agua
como solución a las deficiencias en la gestión de este elemento, o las
corrientes de la modernización ecológica que promueven la ecologización
del capitalismo. Por otra parte, otras corrientes dentro de este
movimiento internacional convergen en posiciones críticas y se oponen
al avance de formas capitalistas de gestión del agua, en particular la
privatización de las fuentes y de los servicios de agua. Entre otros
temas fundamentales de estas corrientes se encuentra la defensa del
agua como bien común universal y de los servicios esenciales de agua
como un derecho humano inalienable, que no puede transformarse en
mercancía. Estas corrientes tienden a entrar en confrontación tanto con
las formas autoritarias clásicas de gobernabilidad del agua, encarnadas
en la gestión pública tecnocrática, así como también con las corrientes
neoliberales y del reformismo ecologista que intentan desmantelar la
capacidad pública de gestión del agua y establecer un modelo de
gobernabilidad del agua fundado en relaciones sociales capitalistas (de
propiedad, producción, circulación, etc.).
Revista VeraCidade - ¿Cómo evalúa Ud. el proceso de privatización de
los servicios de agua y saneamiento en los países de América Latina que
se inicia a comienzos de la década de 1990, incluyendo Brasil? ¿Qué se
puede decir de la privatización de dichos servicios en los países
capitalistas del Norte?
Esteban Castro - Creo que en términos generales el proceso de
privatización de los servicios de agua y saneamiento que tuvo su mayor
impulso en la década de 1990 puede considerarse un fracaso, tanto desde
el punto de vista de las políticas oficiales que promovieron este
proceso como de los intereses de las grandes multinacionales del agua
que participaron en el mismo. Antes que nada podemos hacer una
aclaración conceptual: aunque a nivel genérico hablamos de
“privatización”, en un sentido más riguroso preferimos hablar de
“participación privada”, una de cuyas formas es la privatización. Esto
es importante y se relaciona con algunos puntos que discutimos antes.
Reservamos en principio, siempre en este sentido más restringido, el
concepto de privatización para esos casos en los cuales se da la
creación de derechos privados de propiedad sobre el agua o sobre los
servicios de agua y saneamiento. Esto en principio sólo se ha dado en
pocos casos a nivel internacional: en Inglaterra y Gales y en Chile,
donde las empresas de agua y saneamiento, incluyendo la
infraestructura, fue transferida enteramente a manos privadas, lo que
en inglés se conoce como full divestiture. O en casos como el de
Cochabamba en Bolivia, donde la empresa privada obtuvo derechos sobre
el agua, lo cual constituía en gran medida la parte más interesante del
negocio. En general, en la mayoría de los casos que hemos estudiado, la
propiedad tanto del agua como de las empresas no pasó a manos privadas,
si no que fue mantenida en la esfera pública. Lo que se dieron fueron
concesiones o contratos para explotar las empresas de agua y
saneamiento por períodos determinados, normalmente 20 o 30 años. No
vamos a entrar en detalle aquí por la falta de espacio, pero creemos
que es importante la distinción al menos en el debate más académico, en
la investigación del proceso, para alcanzar mayor precisión en el
análisis.
Decíamos que la política de privatización fracasó. ¿Por qué decimos
esto? Bueno, nos atenemos a verificar los objetivos que se habían
planteado con esta política. Cuando uno analiza los documentos del
Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, así como también
de los gobiernos de turno, uno encuentra que los objetivos que se
mencionan como justificativo de la privatización durante la década de
1990 son básicamente: 1) que las empresas públicas son por naturaleza
ineficientes mientras que el sector privado es inherentemente
eficiente, 2) que el sector público no tiene la capacidad financiera
para realizar las inversiones requeridas para el mantenimiento y
expansión de la infraestructura, y que la privatización es la solución
a ese problema ya que las empresas privadas pueden reemplazar al estado
en esa función, 3) que, consecuentemente, la privatización permitiría
reducir el déficit público y terminar con el subsidio de estos
servicios por parte del estado. Adicionalmente hubo otros argumentos,
como que la privatización sería el mejor método para extender los
servicios a la población aún no atendida, e inclusive que la
privatización permitiría reducir la desigualdad social. Hoy hasta el
propio Banco Mundial ha reconocido que estos objetivos no se lograron.
Por ejemplo, altos funcionarios del banco han reconocido públicamente
que aún durante el momento más agresivo de la privatización la mayor
parte de las inversiones para implementar esta política (alrededor del
90 por ciento) provino del estado, ya que las empresas privadas
aportaron una proporción muy pequeña del capital involucrado. Por otra
parte, si pensamos en términos de la escala de la expansión, incluso
hoy después de 20 años de políticas privatistas sólo un 10-15 por
ciento de la población del planeta es atendida por empresas privadas.
En este sentido, Argentina que se había convertido en el alumno modelo
del programa privatista, donde entre 1990 y 1999 se había pasado a un
70 por ciento de la población del país atendida por empresas privadas,
ha comenzado un proceso acelerado de desprivatización a partir sobre
todo de la crisis del año 2001. En Brasil el porcentaje de población
directamente atendida por empresas privadas no ha pasado de alrededor
del 4 por ciento. En México el porcentaje es similar.
Ahora bien, como dijimos anteriormente, no debemos asociar
mecánicamente “gestión pública” con “gestión no mercantil” de los
servicios de agua y saneamiento. Esto es muy importante, por que si
tomáramos en cuenta la proporción de la población del país, por ejemplo
en Brasil, que es atendida por empresas públicas que operan bajo un
sistema mercantil o cuasi-mercantil, entonces el panorama cambia. Yo no
he visto estudios al respecto, pero por ejemplo, si asumimos que la
flotación en el mercado de capitales de empresas públicas como SABESP y
COPASA implica una privatización parcial de la gestión, ya que una
parte probablemente significativa de los excedentes obtenidos en la
cobranza del servicio es destinado a la remuneración de capitales
privados invertidos mediante la compra de acciones de dichas empresas,
entonces podemos tener un cuadro bien diferente. Haría falta conducir
estudios detallados al respecto.
En cualquier caso, aunque no tengamos una información precisa en
relación al impacto concreto de la privatización en todas sus formas,
podemos decir que a nivel hipotético, en países como Brasil el proceso
de mercantilización de la gestión de empresas públicas es probablemente
más significativo en este momento que lo que fue el propio proceso de
privatización durante la década de 1990. En nuestra perspectiva, aunque
la política de privatizaciones de la década de 1990 fracasó, y muchas
de las empresas privatizadas han retornado a manos públicas, como
ocurrió en Argentina, Bolivia, e incluso Brasil, las fuerzas inerciales
puestas en marcha por dichas políticas siguen y seguirán ejerciendo una
influencia sustantiva en la gestión de estos servicios. Precisamente,
la mercantilización de la gestión de las empresas públicas sería una de
las manifestaciones de estas fuerzas inerciales: el abandono del
concepto de que los servicios de agua y saneamiento son un derecho
ciudadano y de que el objetivo de las empresas de agua y saneamiento
públicas no es la producción de ganancia sino la gestión sustentable de
un servicio público bajo el control democrático de los ciudadanos.
Si ampliamos ahora nuestra visión para abarcar los casos de los países
más desarrollados, pues nos encontramos con una situación no muy
diferente. Ya mencioné antes el caso de Estados Unidos, donde la mayor
parte de la población es atendida por empresas públicas. Esto no es así
por falta de tentativas por parte de los sectores privatizadores, si no
más bien por que se ha dado también una combinación de factores que
frenaron el proceso privatizador. Por ejemplo, en 1999 la ciudad de
Atlanta había concesionado el servicio de agua y saneamiento a una
subsidiaria del monopolio francés Suez, pero en el año 2002, como
resultado de una movilización generalizada de los ciudadanos en contra
de la privatización del servicio, la alcaldesa de la ciudad anunció la
cancelación del contrato y la municipalidad retomó el control de la
empresa. En otros casos como en Washington, la municipalidad discutió
la posibilidad de privatizar parcialmente estos servicios durante la
década de 1990, pero finalmente decidió que las tareas necesarias
podían ser perfectamente realizadas por la empresa pública. Del otro
lado del Atlántico, en Inglaterra y Gales la privatización de las diez
empresas de agua y saneamiento en 1989 por parte del gobierno
conservador de Margaret Thatcher fue cuestionada desde el comienzo, y a
partir de la llegada al poder del gobierno laborista en 1997 se
introdujeron cambios significativos en la regulación del servicio que
modificaron sustancialmente el funcionamiento de las empresas.
Actualmente incluso algunos de los que promovieron la privatización de
las empresas públicas a fines de la década de 1980 reconocen que el
futuro de las mismas es incierto. En particular, las empresas privadas
enfrentan una tasa de no pago elevadísima, ya que entre 15 y 20 por
ciento de los usuarios no pagan la factura del servicio y esto se ha
convertido en un problema estructural desde 1998, cuando el gobierno
prohibió a las empresas privadas cortar el agua por falta de pago.
Cuando las empresas estaban en manos públicas, dicha tasa, según
algunos funcionarios entrevistados, no pasaba del 3-4 por ciento. Por
otra parte, la necesidad de cumplir con las regulaciones de calidad y
protección ambiental cada vez más estrictas en el ámbito de la
Comunidad Europea implica que las empresas enfrentan requerimientos de
inversión muy elevados, en un contexto en el que no es posible
incrementar significativamente las tarifas ya muy elevadas que pagan
los usuarios (y dado el porcentaje tan elevado de falta de pago), y en
el marco de un endeudamiento extraordinario de las empresas privadas.
En este sentido, cuando las empresas fueron privatizadas en 1989 el
gobierno británico asumió las deudas de las empresas públicas y las
entregó libres de compromisos. Sin embargo, hacia 2004 las empresas
privadas había vuelto a acumular una deuda conjunta de unos 19 mil
millones de libras esterlinas. Durante nuestras entrevistas en el
proceso de investigación, algunos gerentes de las empresas privadas nos
decían que a ellos no los sorprendería si en cinco o diez años las
empresas pasaran nuevamente a manos públicas. De hecho, esto ocurrió
parcialmente en el año 2001 con una de las diez empresas, la empresa de
agua y saneamiento de Gales, que decidió desprivatizar el servicio e
intentar un modelo de gestión alternativo bajo control público.
Revista VeraCidade - En Buenos Aires, Tucumán y Cochabamba las
concesiones privadas para gestionar los servicios de agua y saneamiento
fueron canceladas o abandonadas, dejando a los estados respectivos con
una gama de problemas sin solución, tales como la promesa de renovación
y expansión de la infraestructura. ¿Cuál es su análisis de dichos
procesos?
Esteban Castro - Estos son casos diferentes entre sí pero que al mismo
tiempo comparten algunos aspectos muy parecidos (para los lectores
interesados podemos disponibilizar los informes detallados de estos y
otros casos estudiados en nuestro proyecto PRINWASS, http://www.prinwass.org/).
Por una parte, Tucumán fue una de las primeras concesiones en ser
canceladas y duró apenas unos dos años, de 1995 a 1997. Es un ejemplo
de resistencia social generalizada a la privatización, ya que en el
momento más alto de la movilización que pedía la cancelación de la
concesión en queja por los aumentos extraordinarios de la tarifa (la
primer acción de la empresa privada fue aumentar la tarifa, la cual
incluyendo un impuesto para financiar al regulador alcanzó el 106 por
ciento de aumento de un momento para otro) y por las denuncias de
corrupción por la forma en que se adjudicó la concesión a una
subsidiaria de la empresa francesa Vivendi. En ese momento la
movilización de protesta, que incluyó la decisión de dejar de pagar la
factura del servicio, fue apoyada por el 86 por ciento de los usuarios,
lo cual incluía a empresas privadas, agencias de los gobiernos
provincial y municipal y obviamente usuarios domésticos. Finalmente,
después de largas negociaciones la concesión fue cancelada en 1997 y la
empresa privada inició un juicio al gobierno federal argentino
amparándose en un acuerdo existente entre Francia y Argentina en el que
el segundo país se compromete a proteger las inversiones francesas en
su territorio. El juicio fue presentado ante el Centro Internacional de
Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), un organismo
que forma parte de la red institucional del Banco Mundial. A pesar de
que la empresa privada no alcanzó a realizar inversiones en el breve
período de su operación, presentó una demanda por 300 millones de
dólares contra el gobierno argentino, que incluía el reclamo de
compensación por las ganancias futuras esperadas a lo largo de 30 años
de concesión. Después de una larga disputa, en 2007 el CIADI emitió un
fallo favorable a la empresa privada ordenando al gobierno argentino
pagar 106 millones de dólares en compensación por cancelar la
concesión. El gobierno argentino ha pedido la anulación del fallo y el
litigio sigue. Este caso ha sido estudiado en detalle por nuestro
colega Emilio Crenzel, de la Universidad de Buenos Aires.
El caso de Cochabamba es bastante diferente en varios aspectos
centrales. En primer lugar está la ilegalidad y la ilegitimidad en las
que se procede a otorgar la concesión a la empresa privada, una
subsidiaria del grupo empresario norteamericano Bechtel. Cuando se
otorga la concesión en 1999 no estaba aún aprobada la ley que permitía
otorgar concesiones, la cual se aprueba después que la concesión ha
sido confirmada. Por otra parte, según la propia ley debía haber por lo
menos dos empresas compitiendo por la concesión, pero en la práctica
hubo una sola empresa interesada en participar. Finalmente, la empresa
que se arma para participar en el concurso, Aguas del Tunari, se crea
en la Islas Caimán, un paraíso fiscal, para eludir las leyes
bolivianas. Aguas del Tunari se crea con un capital ficticio, 2 mil
dólares, y se le entrega una empresa pública cuyo valor estaba estimado
en unos 100 millones de dólares. La serie de ilegalidades e
ilegitimidades es larga y éstos son sólo los aspectos más centrales.
Este caso ha sido bien estudiado por nuestro colega Carlos Crespo de la
Universidad Mayor de San Simón en Cochabamba en colaboración con la
colega Nina Laurie de la Universidad de Newcastle, entre otros.
Finalmente, como bien se sabe, la concesión es cancelada en el año 2000
por una serie de problemas que incluyen como en Tucumán un alto
incremento en la tarifa lo que provoca una movilización popular masiva
que termina obligando a la renuncia del entero gabinete del gobierno
federal, con la sola excepción del Presidente de la Nación. Aguas del
Tunari presentó una demanda contra el gobierno boliviano ante el CIADI
para reclamar compensación, en forma similar al caso de Tucumán.
El tercer caso que ustedes mencionan, Buenos Aires, en realidad es una
historia doble, ya que se privatizan los servicios de agua y
saneamiento en dos partes. En 1993 se otorga la concesión por los
servicios en la Capital Federal y algunos sectores de la Provincia de
Buenos Aires en la zona metropolitana a la empresa Aguas Argentinas, un
consorcio encabezado por el grupo Suez. Esta concesión pasó a ser
utilizada por el Banco Mundial y otros actores como un modelo piloto,
un caso exitoso que se recomendaba como ejemplo a imitar en otros
países. La otra parte de la historia, menos conocida, es la concesión
otorgada en 1999 a la empresa Azurix, subsidiaria del grupo
norteamericano Enron, para prestar los servicios de agua y saneamiento
en la Provincia de Buenos Aires, incluyendo parte del área
metropolitana y la capital provincial, La Plata. Esta concesión colapsa
en el año 2001, entre otras cuestiones por la ineficiencia del operador
privado, que ni siquiera tenia experiencia en la gestión del agua y el
saneamiento ya que se trataba de una empresa del sector energético que
intenta extenderse al sector agua y saneamiento con resultados
desastrosos. Sin embargo, el caso más interesante es sin duda el de
Aguas Argentinas, que ha sido estudiado en gran detalle por nuestro
colega Daniel Azpiazu y su equipo de la Facultad Latinoamericana de
Ciencias Sociales (FLACSO), y por Juan Carlos Marín y su equipo en la
Universidad de Buenos Aires. Entre varios otros asuntos, el caso de
esta empresa refleja varios de los temas que hemos comentado
anteriormente. En primer lugar, lo que denominamos el mito de la
inversión privada que se había prometido con las privatizaciones. En el
período 1992-2001, cuando se da la crisis financiera en la Argentina,
del total de inversiones realizadas por la empresa solamente el 2.6 por
ciento provino de capitales propios, es decir, inversión privada propia
de la empresa. El resto provino de los ingresos de la empresa por
facturación y una parte sustantiva del endeudamiento en mercados
internacionales cuando el peso estaba igualado uno a uno con el dólar.
Tras la debacle financiera del país en 2001 la empresa se volvió
insolvente y finalmente, tras largas negociaciones, el gobierno
argentino canceló la concesión en marzo de 2006. Tanto Azurix como
Aguas Argentinas han presentado juicios contra el gobierno argentino
ante el CIADI para reclamar compensación por la cancelación de sus
concesiones.
De los casos considerados, solamente el de Aguas Argentinas registró
una expansión de las conexiones, ya que en los otros casos las
inversiones en infraestructura fueron prácticamente nulas. Sin embargo,
incluso en el caso de Aguas Argentinas, además del hecho que el
financiamiento para la expansión registrada provino casi totalmente del
cobro de la tarifa a los usuarios y de endeudamiento en mercados
financieros internacionales, es decir, la inversión propia fue
prácticamente nula; según el regulador ETOSS entre 1993 y 1998 el nivel
de incumplimiento de la empresa con las inversiones comprometidas en el
contrato alcanzó el 42 por ciento, y entre 1999 y 2002 el
incumplimiento fue del 33 por ciento. Mientras tanto, la empresa obtuvo
una tasa de retorno en dólares de entre el 12 y el 20 por ciento anual,
dependiendo de cómo se efectúe el cálculo.
Ahora bien, el impacto real de estas privatizaciones no se ha medido
aún en toda su intensidad y probablemente va a extenderse por muchos
años. Por ejemplo, en relación a los juicios entablados por las
empresas privadas, es probable que en el caso de países como Argentina
o Brasil, dejando a un lado el problema de la legitimidad de los
juicios, el impacto sea menor y tarde o temprano los juicios se
arreglarán. Pero en casos como el de Bolivia, uno de los países más
empobrecidos de la región, el impacto es mucho más significativo.
Imagínese que Bolivia sea obligada por el CIADI a compensar a la
empresa privada por las ganancias que esta ya no podrá tener por la
cancelación de la concesión. Bolivia necesita urgentemente inversiones
para mejorar su infraestructura y extender los servicios a la población
no atendida, y sin embargo se ve amenazada con demandas por decenas de
millones de dólares presentadas por las compañías privadas cuyas
concesiones han sido canceladas por el gobierno. Por otra parte, otro
aspecto muy importante es que durante el proceso de privatización en
nuestros países se procedió a desmantelar la capacidad de las empresas
públicas, que en muchos casos perdieron inclusive gran parte de su
plantilla de expertos. En el caso de Buenos Aires, por ejemplo, nos
encontramos que en un momento el ente regulador no contaba con expertos
que pudieran efectuar la tarea, ya que la mayor parte del personal
técnico se había pasado a la empresa privada. La capacidad del estado
para supervisar y regular había sido reducida significativamente, un
proceso que se ha registrado también en muchos otros casos. La
reconstrucción de esas capacidades puede tomar un largo tiempo, lo cual
implica que durante el proceso pos-privatización, en el que las
empresas públicas deben hacerse cargo nuevamente de la gestión, se
presentan enormes obstáculos derivados de la política de vaciamiento y
reducción del rol del estado.
Finalmente, un último punto importante que deseo resaltar aquí es que
la política privatista sí tuvo éxito en un aspecto central: poner en
marcha, y en algunos casos consolidar, una transformación en el enfoque
de la gestión del agua y sus servicios esenciales. A mi modo de ver,
esta transformación tiene dos componentes importantes: a) eliminar el
concepto de que los servicios de agua son un bien social, un bien
público o un derecho ciudadano; los únicos derechos que se reconocen a
los usuarios son los derechos del consumidor, b) introducir y
fortalecer la noción de que estos servicios son un bien privado, cuya
organización y provisión debe centrarse en principios mercantiles.
Entonces, aunque haya fracasado la política de privatización que se
promovió desde la década de 1990 en América Latina y aunque las grandes
empresas transnacionales se retiren de la región en busca de
territorios más favorables, en realidad la dinámica privatista fue
puesta en marcha con éxito y actualmente muchas empresas públicas están
siendo gestionadas a partir del nuevo marco de gestión que abandona la
noción de que estos servicios son un derecho y pone el énfasis más bien
en la eficiencia económica y financiera de las empresas. En resumen, lo
que hemos ilustrado en estos últimos comentarios es que el proceso de
privatizaciones dio gran impulso a lo que denominamos fuerzas
inerciales, como la dinámica mercantilizadora del agua y de los
servicios, las cuales continuarán ejerciendo una enorme influencia
sobre la gobernabilidad y gestión del agua en los próximos años.
